A comienzos de este verano de 2020 me vino a la mente un graffiti que en una ocasión vi por internet en el que se leía: “vivir es urgente”.

Os confieso que antes de eso no recuerdo haber vivido con esa sensación o necesidad. Ni siquiera cuando me detectaron el cáncer me invadió ese sentimiento de urgencia por vivir. Tampoco me abordó la pregunta de qué es lo que quiero hacer o experimentar antes de morir.

Sin embargo sí que empecé a observar cómo esa reflexión se daba a mi alrededor.

El llamado a La Vida, a la necesidad de aprovecharla y priorizar, era un mensaje común por ejemplo entre los personajes públicos a los que les detectaban un cáncer. Hablaban sobre listas de cosas que querían hacer antes de abandonar este cuerpo, experiencias que no se querían perder, y sin embargo yo de alguna manera no conectaba con eso.

Así que no hice ninguna lista.

Sin embargo, por alguna razón, este verano el mensaje sí que me caló, y entonces algo empezó a cambiar en mí. Y no es que de repente me viniera a la cabeza ningún listado, pero sí que detecté en mi interior algo mucho más sutil. Se trataba de un cambio de actitud, un impulso a afrontar la vida de una forma un poco diferente.

Tiene que ver con aportar consciencia y foco a cada vivencia.

Para empezar, me invité a reflexionar, a hacerme preguntas y a respondérmelas. Y así fue que aparecieron mis prioridades:

¿Qué es lo verdaderamente importante para mí? La respuesta no se hizo esperar: quería apostar por mí, por lo que soy, necesito y deseo. Priorizar-me frente a la vida. Esto, que en un primer momento puede sonar “egoísta”, no significa que vaya a abandonar o desatender a las personas que amo, a mi familia o a los míos. Ellos y ellas son tan importantes para mí que cuidarme yo es también cuidarlos a ellos. Pero quiero hacerlo sin perderme en el otro; dándole más espacio a lo que me apetece a mí, a lo que deseo y quiero.

¿Y por que no? Pues eso, ¿por que no? ¿Qué o quién me lo impide? Y si a alguien no le gusta ¿me ha de importar? Pues no. Entonces, a por ello. No voy a dejar de intentarlo, explorar nuevos caminos y posibilidades. Muchas veces, frente a algo que quería conseguir o deseaba hacer me ponía a mí mismo todo tipo de excusas – por no hablar de la zancadilla – para no alcanzarlo. El cambio de actitud está en darme el permiso, tanto para ser como para hacer, dejando que sean los propios acontecimientos de la vida los que me pongan sus límites. Dejar de anticiparlos.

Estas respuestas me proporcionan anclajes, que al aplicarlos a mi vida me han llevado a:

  1. Entregarme en las relaciones, estar presente. En especial a las que implican amor y cariño: con mi hijo, con mi mujer, con mi hermana, con mis padres, sobrinos, y resto de mi familia. Y por supuesto con mis amistades más queridas. Cuidar las relaciones en la medida que puedo, hablar desde la autenticidad y sin rodeos; ir al grano, a lo importante. Y compartir también desde mi propia vulnerabilidad; como una persona que busca la mejor forma de hacer las cosas.

Me importa mucho sobre todo compartir lo feliz que me hace estar en este mundo, viendo y dejándome ver. Como decía Alain Vigneau:  ¡siendo patoso y dando, cómo no, bandazos!

  1. Estar muy anclado en el ahora. No anticiparme lo que viene, fijarme al presente y estar en lo que hay. Dejar todas aquellas cosas que en este momento no puedo solucionar, y atajarlas cuando toque. Para esto me ha resultado de gran ayuda asignar a los asuntos que se puede, una fecha en el calendario, de modo que si me asalta el pensamiento de atenderlos antes de tiempo, puedo mirar ahí y decirme: “esto no toca ahora, ya tendrá su momento”.
  2. Continuar con mi vida, aceptando las circunstancias. Está claro que no es lo mismo que nos sintamos apoyados por lo que nos rodea, animados, respaldados e impulsados hacia lo que deseamos, que nos ocurra todo lo contrario. Sin embargo siempre podemos encontrar un espacio íntimo y propio, en el cual lo de fuera no puede entrar. Es en ese lugar que yo estoy aprendiendo a apoyarme. Ahí me reencuentro con mi libertad y me siento bien, poderoso. Sé que a pesar de las “inclemencias” externas, del mundo, yo me alzo soberano de mi vida. Compruebo que vivo mejor cuando mantengo fuera de mí el ruido de fondo de la realidad más amplia.
  3. Honrar la cotidianeidad. Respetar el ritmo natural que tiene mi vida, mis ciclos; anclarme en lo cotidiano, lo de cada día, sin perderme.

Con todo eso estoy consiguiendo transformar la manera en que afronto mi día a día: permaneciendo más en mí y poco a poco abandonando los “debería”, los “tendría que” y los “puedo hacer más”.

El resultado es que ahora soy capaz de apartar esos pensamientos a un lado, alejarme un poco de todo ese ruido y darme a mí mismo el espacio, el tiempo y la atención que necesito.

Ahora puedo respirar mejor y me siento más libre en mi día a día.

Estos meses de verano me han servido para poner en práctica todo lo anterior, así que se puede decir que he estado entregado al disfrute de lo cotidiano, con sus cosas buenas y no tan buenas, pero sin poner energía en lo que no depende de mí. Tampoco en lo que no puedo controlar. Léase: los acontecimientos futuros.

Lo cual no elimina por completo el nerviosismo y el agobio que a veces me sigue embargando, como me embargaba hace años al llegar el mes de septiembre, cuando me tenía que enfrentar a la incertidumbre del comienzo de curso. ¡Al fin y al cabo soy un humano normal!

Entonces ¿vivir es urgente?

Pues así es para mí. Vivir es urgente ni más ni menos que porque la vida tiene un final.

Yo la comparo con un reloj de arena que grano a grano y sin pausa, va aconteciendo… hasta que no queda más arena. Y si se da la sospecha de que ese reloj pueda tener menos arena de lo habitual, la urgencia de aprovechar cada granito se hace más evidente.

El énfasis ha de estar tanto en los acontecimientos extraordinarios de la vida como en saber apreciar cada momento único de nuestro día a día, con nuestras pequeñas cosas y nuestra realidad particular.

Quiero compartir con vosotros y vosotras las siguientes palabras de una entrevista que hicieron al músico Pau Donés.

“la muerte no sienta bien, y más cuando lo que tú quieres es vivir. Ahora no me va bien morirme”

¿Os resuenan? Nos invito pues, ¡a VIVIR!

Y si en este momento no te sientes muy conectad@  a la vida y me lo permites, yo puedo acompañarte a lo largo de parte, o de todo el proceso, hasta que te sientas mas conectad@ a ella. ¡La Vida es para vivirla!

Guillermo

630 15 42 39

En estos momentos me dedico a la  Terapia individual (puedes reservar una cita gratuita pinchando AQUÍ)el masaje californiano y al trabajo de autoconocimiento a través de la propuesta corporal  “Movimiento Cuerpo y Creatividad”.

 

También os dejo aquí la letra y el vídeo de la canción “eso que tú me das”, de Jarabe de Palo, cuya letra para mí es una oda a la vida, el amor, la amistad y a la gratitud.

Eso que tú me das
Es mucho más de lo que pido
Todo lo que me das
Es lo que ahora necesito

Eso que tú me das
No creo lo tenga merecido
Todo lo que me das
Te estaré siempre agradecido

Así que gracias por estar
Por tu amistad y tu compañía
Eres lo, lo mejor que me ha dado la vida

Por todo lo que recibí
Estar aquí vale la pena
Gracias a ti seguí
Remando contra la marea

Con todo lo que recibí
Ahora sé que no estoy solo
Ahora te tengo a ti
Amigo mío, mi tesoro

Así que gracias por estar
Por tu amistad y tu compañía
Eres lo, lo mejor que me ha dado la vida

Todo te lo voy a dar
Tu calidad, por tu alegría
Me ayudaste a remontar
A superarme día a día

Todo te lo voy a dar
Fuiste mi mejor medicina
Todo te lo daré
Sea lo que sea, lo que pidas

Y eso que tú me das
Es mucho más
Es mucho más
De lo que nunca te he pedido

Todo lo que me das
Es mucho más
Es mucho más
De lo que nunca he merecido

Eso que tú me das
Eso que tú me das