Hoy he mirado a los ojos al miedo. Y me he dejado mirar por él. Ahí me he quedado, manteniendo el contacto, con la confianza de aquel que sabe que se trata de una visita del pasado, algo que ya no está, aunque sigue ahí, agazapado, esperando su oportunidad para presentarse. Sin ser invitado. Es como si el miedo tuviese un abono de temporada y lo utilizara cuando más le place… Es posible que ahí que se quede, al menos durante un tiempo hasta que lo pueda ver como lo que es en verdad: algo que está muerto, o que estuvo vivo pero que es tan viejo que ya no puede hacerme daño.

Hace años mientras escalábamos en hielo sufrí con mi amigo Ricardo un accidente. Un alud descomunal de nieve nos cayó encima, y en esos momentos pasé de la incredulidad por lo que estaba sucediendo, por lo que se me venía encima, al silencio y la oscuridad más absolutos. La sensación de que todo podía acabar allí – la luz se apagó, todo enmudeció y el espacio se cerró sobre mí – fue lo más duro. Volver a ver la luz, a pesar del pánico, fue lo mejor: la certeza de que seguía vivo. Impulsivamente reaccioné y seguí escalando, ya que había algo dentro de mí que me decía que si me dejaba atrapar por el miedo nunca más volvería a pisar ninguna montaña nevada. Pero el miedo no te abandona fácilmente: te permite ganar algunas grandes batallas, y otras muchas pequeñas, pero llega para quedarse.

Pero el miedo no te abandona fácilmente: te permite ganar algunas grandes batallas y otras muchas pequeñas, pero llega para quedarse.

El aprendizaje necesario es que lo que ocurrió no tiene por qué volver a repetirse, pero ahí quedó como una voz dentro de mí que cada vez que voy a la montaña me advierte de que esté atento: ¡ten cuidado, que ha nevado mucho! ¡mira esa pendiente, que esta muy cargada! ¡las 12:00 no son horas para salir a andar!, y otros muchos mensajes que durante años me han estado constantemente avisando.

A menudo en el transcurso de todos estos años que he vuelto a la montaña, lo he vuelto a experimentar. Alguna vez con gran intensidad, en alguna ocasión rozando el pánico, pero poco a poco le he ido ganado la batalla. Ahora cada vez que he vuelto, cada vez que he caminado sobre la nieve, cada amanecer y cada atardecer que paso en la montaña, han sido pequeñas batallas ganadas al miedo, que han hecho de mí una persona más libre.

Según cuenta el refrán, “el miedo es libre”; es como si no fuese algo nuestro, como si hubiese llegado a nosotros sin saber por qué, para secuestrar nuestra voluntad. Yo en este caso tengo identificada la causa pero ¿Qué pasa cuando no es así? ¿Qué pasa cuando no sabemos de dónde viene el miedo que sentimos? ¿En qué momento dio la cara por primera vez? ¿Cuál fue el motivo que hizo que se instalase en nosotros/as? Parece una lucha contra un fantasma.

Enfrentarse a nuestros miedos no es un camino fácil; es una lucha entre el instinto – lo que tenemos grabado a nivel corporal y emocional – y nuestra razón, entre el deseo y la voluntad.

Lo que a mí me sirvió fue darle su lugar, su espacio. Aceptar su presencia, saber que me acompañaba y que, independientemente de que los peligros que intuía fuesen reales o imaginados, él iba a permanecer a mi lado. Fue el otorgarle legitimidad, o mejor dicho, legitimarme a mí con él como compañía y ser capaz de expresar cómo y cuándo lo sentía, lo que le ha dado la señal para poder alejarse de mí, un poquito más cada vez, dejándome un radio de movimiento y acción cada vez más amplio. Eso, y aceptarme con la vergüenza que me daba reconocer que en esos momentos “yo no podía”, mientras que el resto sí.

Aceptarme con la vergüenza que me daba reconocer que en esos momentos “yo no podía”, mientras que el resto sí.

Así pues, hoy brindo por todos/as los que nos dejamos ver con nuestros miedos y nos dejamos acompañar desde ahí.

Guillermo

En estos momentos me dedico a la Terapia individual y al trabajo de autoconocimiento a través de la propuesta corporal semanal “Movimiento Cuerpo y Creatividad”.

Dejo aquí alguna foto del resultado de enfrentarme al miedo, que no es otro que el poder disfrutar de la montaña y de las personas que me han acompañado: