Mi experiencia durante la mayor parte de mi vida ha sido que, para desenvolverme por el mundo tanto de los acontecimientos como de las emociones y las relaciones personales, me he servido de aquellas herramientas con las que estaba familiarizado y que me hacían la vida más fácil. A saber: el ser un tipo trabajador, complaciente, simpático, escuchador, comprensivo, eficaz, esforzado, en resumen, ser un “buen chico”… No era tan consciente sin embargo de que como contrapartida a este “paquete” de actitudes y comportamientos socialmente valorados, yo llevaba adherido otro conjunto un poco menos luminoso de características que no solo no han jugado a mi favor, sino que directamente han ido en mi contra, como por ejemplo mi inclinación a juzgar al otro y el sentimiento de superioridad con que me posicionaba frente a algunas personas, por no hablar de mi afán por el control y la estructura, y el embotamiento al que relegaba mis emociones … Toda esta manera de conducirme por la vida probablemente no habría supuesto ningún problema para mí si no fuese porque ha sido uno de los motivos que han propiciado que se produzca el alejamiento, e incluso la separación, de personas a las que quiero.

No ha sido fácil ni sigue siendo, el darme cuenta a cada momento de todos los juicios que como malas hierbas afloran en mi cabeza; tampoco del lugar superior en el puedo llegar a colocarme; ni de la dureza con que asumo esa posición, ni por supuesto el hecho de pretender encontrarle a todo una razón. Ahora puedo ver que se trata de un mecanismo de defensa que hasta no hace tanto conseguía alienarme completamente de mi lado más vulnerable y tierno. Y en principio lo hacía por mi bien: me protegía de mi vergüenza por no ajustarme a mi ideal de yo-puedo-con-todo. En definitiva lo hacía para no aceptar la realizad como es, y no permitía que me percibiera a mí mismo como un ser completo, con mis luces y mis sombras. Aceptar que poseo, y apropiarme de esta otra faceta menos glamorosa de mi personalidad ha permitido que me pueda acercar más a las personas, a empatizar con ellas, y sobre todo me ha permitido VERLAS, poder VERLAS en la abundancia y complejidad de lo que son, con su propia luz, con su parte sana y vibrante, y también con su sombra, la suya propia: sus ilusiones no cumplidas, sus decepciones. Ahora puedo ver al niño o la niña que quería ser astronauta, bombera o jardinero y que la vida le condujo a otro lugar.

Conseguir conectar con mi parte más tierna y vulnerable me ha ayudado a sentirme mejor conmigo mismo y con los/as demás.

Todo esto me ha hecho ver lo importante que es poder bajar un poco del pedestal, que nos paremos a escuchar un poco más, a estar más presentes, tanto con nosotros/as como con el otro/a, sin intentar arreglar nada, sin pretender solucionar nada, y dándonos cuenta de que los comportamientos de los/as otros/as no van dirigidos contra nosotros. Si somos capaces de ver al niño/a que habita en la otra persona, si podemos sentir que compartimos camino y que no siempre hemos de ser hábiles en las relaciones; si aceptamos que a veces podemos exaltarnos, gritar, interrumpir, no escuchar o callar y no decir… si podemos ver que una respuesta distinta puede que nos genere miedo, inseguridad o si simplemente no sabemos darla, podremos darnos cuenta de que cualquiera de esos comportamientos no van en contra de nadie. Como diría Alain Vigneau “Es que (los humanos…) ¡somos tan patosos!”.

Conectar con la parte vulnerable y tierna que llevamos dentro nos puede acercar a ese mismo lugar en el otro/a, a sentir y considerarnos desde un lugar más amoroso, un lugar de más luz. Este siento que es mi camino y es desde donde ahora creo que puedo ofrecer.

Recibe por adelantado un tierno abrazo.

Guillermo Delgado

PD: En estos momentos me dedico a la Terapia individual y al trabajo de autoconocimiento a través de la propuesta corporal semanal «Movimiento Cuerpo y Creatividad».