Quiero abrir este artículo con dos declaraciones: la primera es para expresar mi agradecimiento a todo el equipo de reproducción asistida del Hospital Clínico San Carlos de Madrid; y la segunda es para dejar claro que ni soy médico ni puedo presumir de ser especialista en la materia que nos ocupa. Todo lo que voy a compartir aquí nace desde el lugar de una persona que pasado por la experiencia de someterse a un protocolo de reproducción asistida.
Y quiero comenzar por el principio.
Cuando mi pareja y yo pedimos cita en el ambulatorio para ver al/a la  especialista, la verdad es que no se me pasó por la cabeza que ni ella ni yo fuéramos a tener problemas a la hora de cumplir nuestro deseo de ser progenitores. En realidad ni siquiera llevábamos un año “buscando” el embarazo. Pero el hecho de haber cumplido 41 y 42 años respectivamente animó principalmente a mi pareja a que exploráramos posibles vías en esa dirección.
Dada nuestra edad, un poco al límite, en poco tiempo fuimos atendidos por las personas especialistas. Nos sometimos a varias pruebas, y a raíz de los resultados el equipo del hospital nos recomendó que iniciásemos un proceso de Fecundación In Vitro (FIV). Y así fue como comenzamos el proceso programado.
De forma muy resumida os describo en qué consiste dicho programa: para empezar se procede a la estimulación hormonal de los ovarios en la mujer con objeto de que liberen el máximo número de óvulos; a continuación y con anestesia general se la somete a la extracción de los mismos; el siguiente paso es la fecundación de los óvulos aptos, seguida por la implantación de los embriones en el útero de la mujer. Existe la posibilidad de congelar los óvulos que no se implanten para que si ella lo desea pueda utilizarlos en futuros procesos de fecundación y/o otros ciclos de reproducción asistida.
Durante todo el tiempo que duró esta experiencia, una de las cosas que pensaba es que los seres humanos estamos jugando a crear vida, estamos queriendo ejercer control (como en tantas cosas) sobre un proceso que en principio la naturaleza gestiona de manera muy eficiente. Por una parte no puedo dejar de sentir admiración por los avances de la ciencia, pero por otro lado también reflexionaba sobre lo poco que hemos avanzado a la hora de poner conciencia sobre el hecho de que ya disponemos de un recurso que nos permite crear vida a nuestro antojo. Y aquí no estoy juzgando el deseo, por otra parte muy natural, de ser progenitores, sino lo poco – y hablo únicamente desde mi experiencia-  que desde el lado emocional se acompaña a los/as “pacientes” en este proceso tan medicalizado.
Alguien en este punto podrá argumentar: ¿y qué esperabas? Si vas a la unidad de reproducción asistida de un hospital ¡eso es precisamente lo que hacen! te “asisten” para que lo consigas, y en la mayoría de los casos tienen éxito. Pero creo que la asistencia o ayuda no debería restringirse a los aspectos clínicos. Para mí dicha ayuda no es completa si todo el proceso no es abordado también desde un lugar emocional, y esto incluye preguntar (en mi caso a la pareja, pero en otros solo a la mujer): ¿Estás preparada para enfrentarte a este tratamiento? ¿a un nuevo ciclo? ¿Qué te parece si comenzamos ahora?¿Quieres retrasarlo?¿Necesitas parar?¿Tomarte más tiempo?¿Podemos ayudarte con algo más? Y lo digo porque en ocasiones tuve la sensación de que el trato era tan aséptico como si hubiésemos ido a una frutería y hubiésemos pedido un melón, o dos naranjas, o tres pepinos, cuando de lo que se trata es de traer una vida al mundo. Eso es algo que yo he echado mucho en falta en un contexto tan delicado y sensible.
Todo el proceso supone una implicación muy profunda a todos los niveles. Yo reconozco que he puesto mucho de mi parte. He estado muy atento a los ritmos, tanto a los míos como a los de mi pareja; acompañando y muy a la escucha para poder leer entre líneas, para saber cuándo pedir aclaraciones al equipo de profesionales, para detectar cuándo nuestra realidad pedía avanzar o parar. Para saber parar. Sin duda que mi profesión de terapeuta me ha ayudado, pero ¿cuál habrá sido o será en el futuro la experiencia de aquellas personas que no cuentan con este recurso? Pienso que antes de someterse a una experiencia tan determinante e intensa es preciso parar y preguntarse ¿en verdad quiero ser padre/madre?¿soy consciente lo que implica someterse a este proceso? No hemos de olvidar que durante la fecundación asistida el organismo de la mujer es sometido a una gran presión, empezando por el nada desdeñable cóctel de medicamentos que tiene que consumir y que creo interesante valorar. Una cosa que hace bien la sanidad pública es establecer un límite en el número de ciclos a los que una mujer puede someterse de modo seguro para ella.
Hemos de entender que la vida no se rige por nuestras necesidades y/o caprichos. Más bien somos nosotros/as quienes en verdad estamos a merced de ella, de sus idas y sus venidas. Así que nos viene bien entender que es ella la que nos pone los límites y continúa su camino. La vida puede ser igualmente buena sin tener por qué experimentar la paternidad o la maternidad. Aquí quiero hacer una llamada a los hombres, ya que el peso y la responsabilidad a la que están sometidas las mujeres es muy alto, y nosotros estamos obligados a afinar la escucha y anteponer su bienestar al hecho mismo de tener éxito en nuestro intento de ser padres/madres. Es necesario que seamos capaces de proporcionar estructura y apoyo, de hacernos coparticipes del proceso, y si la situación lo requiere, de aportar serenidad y sostener la espiral de emocionalidad en que a veces puede convertirse este viaje.
Sin deslucir el agradecimiento que siento hacia el equipo médico, no quiero terminar sin compartir con vosotros/as –y hablo únicamente desde mí, aunque me consta que mi pareja comparte este sentir- que me hubiera gustado sentirme acompañado desde un lugar más humano, sobre todo en aquellos momentos en los que me tuve que enfrentar al miedo, a la incertidumbre, a la frustración y también, por qué no admitirlo, a la desinformación. Esto último ha sido interesante, porque me ha obligado a tomar la iniciativa con respecto a nuestro derecho a ser exhaustiva y pormenorizadamente informados/as, como por ejemplo en lo que concierne al número de embriones que iban a ser implantados. Nadie nos informó de esto, ni de la evolución de dichos embriones. Y parece una tontería, ya que probablemente hubiéramos acatado la sugerencia de la doctora, que al fin y al cabo es quien conoce todas las implicaciones, pero no es lo mismo que procedan y luego te informen a que te informen y luego procedan. Soy consciente de que el equipo médico no tiene por qué hacerse responsable de mi vivencia interna o de mis sentimientos, pero sí que le corresponde  ser capaz de escucharlos y acomodar el ritmo o detener cualquier actuación si fuera necesario. En resumen, sería deseable y aconsejable que estuvieran entrenados/as para escuchar “lo que se cuece” dentro de la personas/as que se someten a un proceso tan delicado. Una formación o un complemento a la formación del equipo médico en esa área (psicología) subsanaría esta carencia. Sin duda contribuiría a que esa experiencia fuera mucho más positiva, menos atemorizante e inestable.
Entretanto, a las personas que compartimos la experiencia de este proceso no nos queda otra que acompañarnos mutuamente.
Para no dejaros con la intriga, el final de esta historia fue muy feliz: el proceso salió bien y mi pareja se quedo embarazada de nuestro hijo Gael que hoy luce bien lustroso.
Gracias, otra vez, a la vida.
Guillermo
En estos momentos me dedico a la Terapia individual, el masaje californiano y al trabajo de autoconocimiento a través de la propuesta corporal  “Movimiento Cuerpo y Creatividad”.